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—No arrastres los pies, por el amor de Dios. —Su voz era tan agria como una grosella verde—. ¿Es que no ves que si arrastras los pies acabarás por quedarte así?

Le dirigí una mirada rápida e insolente y apoyé los codos sobre la mesa.

—¡Quita los codos de la mesa! —casi gimió—. Mira a tu hermana. Mírala. ¿Arrastra ella los pies?

No se me ocurrió sentir resentimiento contra Reinette. Lo sentía contra mi madre y lo exteriorizaba con cada movimiento de mi avisado cuerpo adolescente. Le daba cualquier excusa para acosarme. Quería que tendiéramos la ropa por las costuras, pues yo lo hacía por el cuello. Los tarros de la despensa debían tener las etiquetas mirando hacia adelante, pues yo las ponía hacia atrás. Olvidaba lavarme las manos antes de las comidas. Cambiaba el orden de las sartenes que estaban colgadas de la pared de la cocina de mayor a menor. Dejaba la ventana de la cocina abierta de manera que cuando ella abría la puerta la corriente hacía que se cerrara de un portazo.

Infringía miles de sus reglas personales y ella reaccionaba a cada trasgresión con la misma rabia perpleja. Para ella, aquellas nimias reglas eran importantes pues eran las armas de las que se servía para controlar nuestro mundo. Si se las quitábamos se quedaba como el resto de nosotros, huérfana y perdida.

Naturalmente, yo no sabía aquello entonces.

Leído en Cinco cuartos de naranja de Joanne Harris

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