Una de las razones de que se peguen esas palmadas bestias en la espalda

Los hombres se envidian mutuamente, aunque no lo demuestran criticando, sino con una cierta agresividad que flota en el ambiente. Ni ellos mismos saben qué está pasando realmente porque no saben identificar muy bien sus sentimientos, pero tienden a sabotear a sus competidores con tácticas rastreras mal disimuladas o con bromas salvajes disfrazadas de buen rollo, o a dejarlos en evidencia proponiendo competiciones en las que pueden ganar limpiamente.

Una de las razones de que se peguen esas palmadas bestias en la espalda y luchen entre ellos arreándose puñetazos de tamaño medio es que de esta forma se desquitan de sus competidores dentro de un ambiente festivo que hace que la sangre no llegue al río. Son capaces de dislocarse un hombro entre risas, pero como es de broma y, de paso, les sirve para mostrar todo su potencial testosterónico, pues se ríen todos igualmente (sobre todo el envidioso resentido que ha dado la palmada, que exclama: «joder, tío, parecías más duro»). Y allá se va toda la recua de bestias con el amigo medio descuajeringado hacia el hospital.

leido en Si cariño de Alicia Misrahi

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